“Pase lo que pase, no vayas antes de las 7”, me rogó mi vecino cuando mi marido llamó diciendo que su madre había sufrido un derrame cerebral. Pasé la noche despierta y llegué al amanecer. Allí descubrí que mi esposo tenía una amante y que ambos querían obligarme a firmar una deuda de 40 millones. No grité; guardé silencio hasta que apareció un hombre que sabía quién era yo realmente.

—Ya tenemos correos falsificados y movimientos contables que parecen autorizados por Mariana. Si se niega a cooperar, podemos acusarla de haber desviado dinero.

—¿Y si denuncia que la obligamos? —preguntó Valeria.

—El doctor Ricardo puede evaluarla. Si realmente presenta alguna alteración, sus declaraciones perderán credibilidad.

Beatriz sonrió satisfecha.

—La desesperación hace que cualquier persona parezca inestable.

Retrocedí horrorizada.

Mi zapato mojado resbaló sobre el mármol.

Golpeé accidentalmente una pequeña mesa.

Un florero cayó al suelo.

El ruido resonó por toda la mansión.

—¿Quién está ahí? —gritó Alejandro.

La puerta se abrió.

Mi esposo me encontró temblando en el pasillo.

Durante un segundo pareció sorprendido. Después recuperó su expresión de marido preocupado.

—¡Mariana! Gracias a Dios que llegaste.

—Ya escuché todo.

Su sonrisa desapareció.

Beatriz se levantó lentamente del sillón.

Valeria cruzó los brazos.

—Bueno —dijo mi suegra—. Parece que ya no necesitamos seguir fingiendo.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *