“Pase lo que pase, no vayas antes de las 7”, me rogó mi vecino cuando mi marido llamó diciendo que su madre había sufrido un derrame cerebral. Pasé la noche despierta y llegué al amanecer. Allí descubrí que mi esposo tenía una amante y que ambos querían obligarme a firmar una deuda de 40 millones. No grité; guardé silencio hasta que apareció un hombre que sabía quién era yo realmente.

Su grito resonó por el despacho.

La miré con incredulidad.

—¿Por eso te acercaste a Alejandro?

Patricia no contestó directamente.

—Pensé que un matrimonio con una familia empresarial nos permitiría negociar el futuro del grupo. Después las cosas se complicaron.

—¿Las cosas se complicaron? ¿Así llamas a lo que me hicieron?

Bajó la mirada.

Entonces formulé la pregunta que llevaba días atormentándome.

—¿Qué sabes sobre la muerte de papá?

Su rostro perdió todo el color.

—Mariana, ten mucho cuidado con lo que estás insinuando.

—Solo quiero la verdad.

Patricia comenzó a llorar.

Pero eran lágrimas extrañas.

No parecían nacidas del arrepentimiento, sino del miedo.

—Yo nunca quise que llegara tan lejos —murmuró.

Aquella frase quedó suspendida entre nosotras.

Mi abogado intervino inmediatamente.

La reunión terminó y las declaraciones quedaron a disposición de las autoridades.

Meses después, los peritajes y testimonios permitieron que la Fiscalía formulara acusaciones contra varias personas por su presunta participación en los hechos relacionados con la muerte de mi padre.

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