“Pase lo que pase, no vayas antes de las 7”, me rogó mi vecino cuando mi marido llamó diciendo que su madre había sufrido un derrame cerebral. Pasé la noche despierta y llegué al amanecer. Allí descubrí que mi esposo tenía una amante y que ambos querían obligarme a firmar una deuda de 40 millones. No grité; guardé silencio hasta que apareció un hombre que sabía quién era yo realmente.

—Mariana, espero que no hayas permitido que ese escándalo afecte las empresas de tu padre.

Me quedé observándola.

—¿Desde cuándo conocías a Alejandro?

Su expresión cambió apenas.

—No sé de qué hablas.

Coloqué frente a ella una copia de la fotografía.

Patricia la miró.

Por primera vez en mi vida vi miedo verdadero en su rostro.

—¿Quién te dio eso?

—¿Desde cuándo lo conocías?

Guardó silencio.

—Desde antes de que te casaras —admitió finalmente.

Sentí una punzada en el pecho.

—¿Tú lo mandaste a buscarme?

—No fue exactamente así.

—Respóndeme.

Patricia comenzó a irritarse.

—Tu padre nunca comprendió que yo también tenía derechos. Pasé décadas acompañándolo, organizando su vida y soportando sus decisiones. Y al final dejó prácticamente todo a tu nombre.

—Él te dejó propiedades y recursos suficientes para vivir cómodamente.

—¡Eso no era suficiente!

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