“Pase lo que pase, no vayas antes de las 7”, me rogó mi vecino cuando mi marido llamó diciendo que su madre había sufrido un derrame cerebral. Pasé la noche despierta y llegué al amanecer. Allí descubrí que mi esposo tenía una amante y que ambos querían obligarme a firmar una deuda de 40 millones. No grité; guardé silencio hasta que apareció un hombre que sabía quién era yo realmente.

Quería demostrarme que podía ser feliz sin él.

Pero jamás sospeché que Patricia conociera a Alejandro y a Beatriz antes de mi matrimonio.

Gabriel me explicó que habían encontrado comunicaciones entre ellos que se remontaban a varios años atrás.

Patricia había proporcionado información personal sobre mí y sobre la empresa de mi padre.

Alejandro había utilizado esos datos para acercarse a mí cuando comencé a trabajar en Monterrey.

Nuestra historia de amor, aparentemente espontánea, había comenzado con una manipulación.

Sentí ganas de vomitar.

—¿Nunca me quiso?

Gabriel no respondió.

No necesitaba hacerlo.

La confrontación con Patricia ocurrió en el despacho de mis abogados, en Guadalajara.

Había aceptado reunirse conmigo convencida de que podríamos resolver nuestras diferencias.

Entró llevando un traje color crema y una bolsa carísima.

Se sentó frente a mí sin siquiera preguntarme cómo estaba.

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