Patricia nunca había sido cariñosa conmigo.
Siempre pensé que simplemente tenía un carácter difícil.
Mi padre, en cambio, era el hombre más tierno que había conocido.
Cuando era pequeña, me llevaba los domingos a desayunar birria y después caminábamos por el centro de Guadalajara.
Me enseñó a andar en bicicleta, a ahorrar mi primer sueldo y a no despreciar jamás a una persona por su ocupación.
—Marianita —me decía—, el dinero puede construir una casa enorme, pero no puede convertirla en un hogar.
Patricia pensaba exactamente lo contrario.
Le encantaban las fiestas elegantes, las joyas y las reuniones donde todo el mundo hablaba de inversiones.
Cuando cumplí 18 años, me dijo:
—Con el apellido que tienes, deberías casarte con alguien importante. No desperdicies tu vida intentando parecer una muchacha común.
Quizás por eso, años después, decidí alejarme del lujo.