También entregó mensajes que había guardado durante años.
No demostraban por sí solos un homicidio, pero fueron suficientes para ampliar la investigación.
La Fiscalía revisó nuevamente el expediente médico y solicitó peritajes.
Cuando Gabriel me explicó que existían sospechas sobre una sustancia administrada a mi padre, sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Por qué alguien querría hacerle daño? —pregunté.
Gabriel tardó en responder.
—Porque su muerte precipitaba decisiones sobre la sucesión empresarial. Y porque alguien creía que podría manipular a la persona que heredaría.
Me quedé inmóvil.
—¿A mí?
Gabriel asintió.
Después colocó una fotografía sobre la mesa.
En ella aparecían Alejandro, Beatriz y una mujer de cabello oscuro, elegantemente vestida.
Reconocí su rostro inmediatamente.
—No puede ser…
Era Patricia Torres.
La mujer que me había criado.
La mujer a la que había llamado mamá durante toda mi vida.