Alejandro parecía confundido.
—¿Qué significa eso?
—Que no puedes colocarme arbitrariamente 40 millones de pesos de deuda —respondí—. Y que los documentos falsificados no se convierten en verdaderos porque tú lo desees.
Mi esposo se dejó caer en un sillón.
Por primera vez no parecía un empresario exitoso.
Parecía un hombre que había construido toda su vida sobre mentiras y acababa de comprender que su fortuna estaba desapareciendo.
Pero todavía faltaba descubrir lo peor.
Gabriel me pidió hablar en privado.
Nos alejamos hacia el vestíbulo.
—Mariana —murmuró—, hay información nueva sobre la muerte de tu padre.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿Qué información?
—Los investigadores revisaron los movimientos financieros relacionados con Alejandro. Encontraron pagos a una empresa que prestaba servicios al personal doméstico de la casa de tu padre.
Fruncí el ceño.
—No entiendo.
—Tenemos indicios de que Alejandro estuvo en Guadalajara el día anterior al fallecimiento del señor Roberto, aunque te aseguró que estaba en Monterrey.