“Pase lo que pase, no vayas antes de las 7”, me rogó mi vecino cuando mi marido llamó diciendo que su madre había sufrido un derrame cerebral. Pasé la noche despierta y llegué al amanecer. Allí descubrí que mi esposo tenía una amante y que ambos querían obligarme a firmar una deuda de 40 millones. No grité; guardé silencio hasta que apareció un hombre que sabía quién era yo realmente.

Alejandro parecía confundido.

—¿Qué significa eso?

—Que no puedes colocarme arbitrariamente 40 millones de pesos de deuda —respondí—. Y que los documentos falsificados no se convierten en verdaderos porque tú lo desees.

Mi esposo se dejó caer en un sillón.

Por primera vez no parecía un empresario exitoso.

Parecía un hombre que había construido toda su vida sobre mentiras y acababa de comprender que su fortuna estaba desapareciendo.

Pero todavía faltaba descubrir lo peor.

Gabriel me pidió hablar en privado.

Nos alejamos hacia el vestíbulo.

—Mariana —murmuró—, hay información nueva sobre la muerte de tu padre.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Qué información?

—Los investigadores revisaron los movimientos financieros relacionados con Alejandro. Encontraron pagos a una empresa que prestaba servicios al personal doméstico de la casa de tu padre.

Fruncí el ceño.

—No entiendo.

—Tenemos indicios de que Alejandro estuvo en Guadalajara el día anterior al fallecimiento del señor Roberto, aunque te aseguró que estaba en Monterrey.

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