Y Beatriz, cuando me vio llorando, comentó:
—Ya eres una mujer adulta. No puedes desatender tus obligaciones cada vez que ocurre una tragedia.
Me acerqué a ella.
—¿Familia, Beatriz? ¿Ahora sí soy parte de la familia?
Sus labios comenzaron a temblar.
—Siempre lo has sido.
—Hace media hora me llamaste una muerta de hambre.
Bajó la mirada.
—Estábamos nerviosos.
—Y hace unas horas tu hijo fingió que estabas muriendo para conseguir mi firma.
No respondió.
—Eso no fue nerviosismo. Fue crueldad.
Alejandro golpeó la mesa.
—¡Basta! No puedes humillarnos así en nuestra propia casa.
—Tienes razón —respondí—. No necesito humillarlos. Sus propias decisiones hablan por ustedes.
Gabriel hizo una llamada.
Pocos minutos después, dos abogados llegaron a la mansión.
Uno de ellos me entregó una copia de la denuncia presentada por los auditores.
El otro explicó que las garantías que pretendían obligarme a firmar no podían imponerse mediante amenazas y que los préstamos continuaban siendo obligaciones de las entidades contratantes mientras las autoridades y tribunales determinaban las responsabilidades correspondientes.