—Gabriel, perdóname.
—Tenía 29 años. Perdí mi trabajo, mi familia y todo lo que me correspondía. Tú elegiste creerle a Ricardo.
Teresa extendió los brazos, pero Gabriel retrocedió.
—Por favor, déjame conocerte otra vez.
—Aprendí a vivir sin ti, mamá. No me pidas que vuelva a empezar.
La anciana dejó su número escrito sobre el mostrador y se marchó llorando.
Aquella noche, Gabriel guardó el papel en su chamarra.
No sabía que su hija Sofía, de 14 años, lo encontraría mientras recogía la ropa.
La adolescente jamás había conocido a su abuela.
Al leer la nota, fotografió el número y llamó a escondidas.
—¿Usted es la mamá de mi papá?
Teresa quedó sin palabras.
—¿Gabriel tiene una hija?
—Sí. Soy Sofía. ¿Podemos conocernos?
Se encontraron en una cafetería cerca de la secundaria. Teresa descubrió que su nieta amaba pintar, pero Gabriel no tenía dinero para pagarle una buena escuela de arte.