Ricardo no contestó.
Dos días después, Teresa encontró en internet un pequeño taller llamado Carpintería Salazar. Estaba en una colonia popular de Querétaro.
Marcó el número.
—Carpintería Salazar, buenas tardes.
Reconoció aquella voz inmediatamente.
El teléfono casi se le cayó de las manos.
Una hora después estaba frente al taller.
Gabriel lijaba una mesa cuando escuchó abrirse la puerta.
—¿En qué puedo ayudarle?
Entonces vio a la anciana.
—Gabrielito… soy yo, tu mamá.
Él se quedó inmóvil.
—¿Qué haces aquí?
—Pensé que habías muerto.
Gabriel soltó una risa amarga.
—¿Y nunca preguntaste dónde estaba enterrado?
Teresa comenzó a llorar.
—Ricardo me dijo que habías fallecido lejos de aquí.
—¿Y antes de eso, mamá? ¿Recuerdas cuando me acusaron de robar dinero de la empresa?
Ella bajó los ojos.
—Yo no sabía qué creer.
—Fui a buscarte. Te supliqué que me escucharas. Y tú me gritaste desde tu habitación que te daba vergüenza tener un hijo como yo.