Cuando la muchacha le mostró sus dibujos, la anciana lloró.
Sin embargo, aquella felicidad duró poco.
Ricardo descubrió el encuentro y escuchó a su madre hablar del talento de Sofía.
—¿Cuánto cuestan esas clases? —preguntó con aparente interés.
Teresa se lo explicó.
Él sonrió.
—Pobre niña. Sería una lástima que desperdiciara su talento por culpa de la pobreza de su padre.
Esa noche, Ricardo escribió en su agenda el nombre de la escuela y la fecha de una exposición estudiantil.
Después llamó a su abogado.
—Prepara los documentos para que Gabriel renuncie definitivamente a su parte de la empresa.
—¿Cree que aceptará?
Ricardo observó la fotografía de su sobrina que Teresa le había mostrado.
—Esta vez no voy a negociar con mi hermano. Voy a utilizar aquello que más ama.
Y nadie imaginaba que la siguiente víctima de su ambición sería una niña de apenas 14 años.