Teresa nunca recuperaría los 12 años que había perdido con Gabriel.
Ricardo tampoco podía comprar el perdón de las personas a quienes había perjudicado.
Y el dinero recuperado por Gabriel jamás le devolvería las celebraciones familiares, los cumpleaños ni los momentos en que necesitó a su madre y no la tuvo cerca.
Pero aquella pequeña casa, con sus muebles sencillos y sus paredes llenas de dibujos, tenía algo que la enorme residencia de Ricardo nunca pudo comprar.
Tenía una puerta que comenzaba a abrirse de nuevo.
Esa noche, antes de dormir, Sofía le preguntó a su padre:
—¿Crees que algún día puedas perdonar completamente a la abuela?
Gabriel miró la pintura de las 3 ventanas.
—No lo sé, hija.
—¿Entonces por qué la invitaste a comer?
Él sonrió con tristeza.
—Porque no necesito olvidar lo que pasó para intentar construir algo diferente.