Sofía se acercó y le dio un beso en la mejilla.
—Te quiero, papá.
—Yo también, mi niña. Más de lo que puedo explicarte.
Cuando apagaron las luces, la casa quedó en silencio.
Pero Gabriel dejó encendida la pequeña lámpara junto a la entrada.
Durante muchos años había vivido creyendo que nadie lo esperaba.
Ahora sabía que algunas heridas tardan una vida en sanar, pero también que ninguna fortuna puede sustituir el amor, la confianza y la oportunidad sincera de reparar el daño.
Y que, a veces, el verdadero triunfo no consiste en recuperar lo que nos quitaron, sino en impedir que el dolor del pasado destruya a quienes todavía tenemos a nuestro lado.