Pero los números no alcanzaban.
Cuando se lo explicó a Sofía, ella contestó:
—El tío Ricardo sí puede pagarla.
Esa frase le dolió más que cualquier insulto.
Lo que Gabriel ignoraba era que su hija había conservado la tarjeta de presentación de Ricardo.
Una tarde, desesperada, lo llamó.
—Tío, ¿todavía puedes ayudarme con mis clases?
—Por supuesto, princesa.
—Pero no quiero deberte nada.
—No me debes nada. Los problemas entre adultos no deberían arruinar los sueños de los niños.
Ricardo pagó directamente un semestre completo en una academia privada.
Después añadió:
—No hace falta que le digamos a tu papá todavía. Cuando vea lo bien que dibujas, cambiará de opinión.
Sofía aceptó.
Durante casi un mes asistió a clases a escondidas.
Aprendió perspectiva, composición y técnicas de acuarela. Sus profesores reconocieron su talento y ella comenzó a recuperar la ilusión.