Teresa dejó caer la servilleta.
—Ricardo, me prometiste que hoy no hablaríamos de negocios.
—Mamá, intento resolver nuestros problemas.
Gabriel cerró la carpeta.
—Hace 12 años me quitaste mi parte acusándome de ladrón. Ahora pretendes pagarme una pequeña porción para que renuncie al resto.
Ricardo miró a Sofía.
—Al menos piensa en tu hija. Ella merece oportunidades que tú no puedes darle.
Gabriel se levantó.
—¡No vuelvas a utilizar a mi hija!
—Papá —intervino Sofía—, ¿no podemos leerlo tranquilamente en casa?
Gabriel sintió que se le partía el corazón.
—Nos vamos.
De regreso, Sofía permaneció mirando por la ventanilla.
—Mi tío quería ayudarme a estudiar.
—No, quería comprar mi silencio.
—Para ti todo el mundo quiere comprarte, papá.
Él no respondió.
Durante las siguientes semanas, Gabriel aceptó más encargos de carpintería. Trabajaba hasta medianoche intentando ahorrar para la escuela de arte.