Al día siguiente, Lucía fue personalmente a la empresa. No pidió un favor: entregó las cartas al área de recursos humanos y preguntó si estaban registradas. La responsable, Patricia, confirmó por escrito que no existían esas vacantes ni autorización alguna. Diego revisó los archivos enviados desde la cuenta corporativa de Iván; las cartas habían salido como borradores adjuntos a un correo interno dirigido a él mismo. No se había formalizado ninguna contratación, pero el uso del membrete debía investigarse.
—No quiero que esto se mezcle con mi boda —advirtió Lucía—. Si corresponde revisar su conducta, háganlo igual que con cualquier trabajador.
Patricia le recordó que la empresa debía escuchar la explicación del empleado y documentar sus decisiones. Papá estuvo de acuerdo. Diego también reconoció que durante meses había tolerado retrasos de Iván para evitar problemas familiares.