Una tarde fui a visitarla y encontré sobre la cama un vestido color coral que le llegaba arriba de las rodillas.
—¿No se me ven raras las piernas? —me preguntó.
—Se te ven como siempre. ¿A ti te gusta?
Se miró en el espejo y sonrió.
—Muchísimo.
Fuimos a cenar con nuestros padres. Mi hermano Diego bromeó con que por fin alguien en la familia recibía un ascenso después de hacer su trabajo. Mamá estaba caminando sin apoyo y papá preguntó por los planes de vacaciones de Lucía. Nadie habló de tacones ni de una boda cancelada.
Al despedirnos, mi hermana me tomó del brazo.
—Si hubieras salido de aquella tienda cinco minutos antes, quizá yo seguiría preparando el vestido blanco.
—O quizá habrías terminado descubriéndolo tú —le dije—. Lo importante es que elegiste qué hacer cuando supiste la verdad.
Lucía miró sus zapatos planos, acomodó el vestido coral y soltó mi brazo para avanzar sola hasta su coche.