—¿Hiciste todo a mis espaldas?
—Tomé decisiones sobre contratos que yo firmé y sobre una vida que es mía.
—Vas a arrepentirte. Nadie te va a aguantar como yo.
Lucía respiró lentamente. Vi cuánto le costaba no llorar.
—Eso era lo que más miedo me daba creer. Que nadie más me quisiera. Ya no pienso casarme por miedo.
Iván quiso acercarle las flores. Ella no las tomó.
—No vuelvas a pedir que hable por ti en la empresa. Y dile a tu familia que no hay empleos reservados para ellos.
En el estacionamiento Lucía se apoyó contra mi coche.
—Ni siquiera lamentó haberme humillado. Me pidió trabajo hasta el último momento.
La abracé y entonces lloró, aliviada y triste a la vez.
El domingo, Celia apareció en casa de nuestros padres sin avisar. Mamá descansaba después de su rehabilitación. Mi padre salió a la entrada y yo lo acompañé, pero Lucía, al escuchar la voz de su exsuegra, decidió salir por voluntad propia.