—Un yerno también debería saber trabajar sin aprovecharse de su esposa.
Iván me miró, buscando apoyo.
—Vale, dile que estamos exagerando. Todo esto empezó porque te metiste donde no te llamaban.
—Estaba comprando un vestido para tu boda —respondí—. Ni siquiera sabía que estabas en esa tienda.
Lucía le contó exactamente qué había oído de sus labios: que le avergonzaba su cuerpo, que no estaba enamorado, que quería usar a su padre para ascender y que su madre le había aconsejado buscar otra mujer después de casarse.
Iván apretó la mandíbula.
—Mi mamá habla de más. No puedes tomar como una promesa cada barbaridad que se dice entre familia.
—No te estoy preguntando qué prometió ella —replicó Lucía—. Te estoy preguntando por qué tú te reíste de mí.
Él apartó la vista hacia la ventana.