Mi propia madre me golpeó en el vientre porque me negué a darle $240,000 pesos, y caí a la alberca con ocho meses de embarazo. Mientras me hundía, mi padre gritó: “Déjenla ahí”. No dije nada cuando desperté en el hospital, pero al revisar un correo del banco descubrí algo que cambiaría para siempre el destino de toda mi familia…

Iván, el esposo de Paula, me llamó para decir que ella le había presentado la casa como un regalo de la abuela. Le indiqué dónde podía declarar. No le pedí que eligiera bando.

Paula aceptó hablar conmigo en presencia de Ana. Inés ya estaba en casa y pesaba poco más de tres kilos. Mi hermana estaba a días de dar a luz.

—Papá dijo que, si tú firmabas, todo se arreglaría —murmuró.

—¿Sabías de la autorización para cuidar a mi hija?

Paula miró la mesa.

—Mamá me pidió que la recibiera si tú no podías atenderla.

—¿Antes de la fiesta?

Asintió.

—Me dijeron que iban a presionarte para que cedieras. Pensé que sería otra discusión.

Su respuesta no borraba lo que hizo después.

—Cuando me caí, ¿por qué no ayudaste?

Paula se cubrió la cara.

—Me quedé paralizada.

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