Mi propia madre me golpeó en el vientre porque me negué a darle $240,000 pesos, y caí a la alberca con ocho meses de embarazo. Mientras me hundía, mi padre gritó: “Déjenla ahí”. No dije nada cuando desperté en el hospital, pero al revisar un correo del banco descubrí algo que cambiaría para siempre el destino de toda mi familia…

Ana me ayudó a solicitar formalmente al fiduciario los originales de la instrucción por un millón novecientos mil pesos. El banco confirmó que había detenido otras disposiciones después de mi reclamación.

Esperé las periciales, sin pretender ser perito de mi propio caso. Mientras tanto, armé una línea de tiempo con las solicitudes, los vencimientos del negocio, la compra de Paula y los mensajes de Rafael.

El motivo se aclaró cuando un acreedor demandó a Transportes Salcedo. Había perdido dos contratos y debía más de tres millones de pesos. Rafael desvió dinero del fideicomiso hacia el negocio y después hacia la casa de Paula, intentando mantenerlo lejos de sus acreedores.

Paula sabía más de lo que había dicho. No tardé en comprobarlo. Su nombre y su firma figuraban en la solicitud de pago presentada al fiduciario, bajo un concepto de atención médica especial. Ella no había recibido ese tratamiento. Cuando Ana le pidió mediante el procedimiento correspondiente que identificara los comprobantes, Paula cambió de versión: aseguró que Rafael le había dicho que se trataba de un adelanto de su parte.

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