Mi propia madre me golpeó en el vientre porque me negué a darle $240,000 pesos, y caí a la alberca con ocho meses de embarazo. Mientras me hundía, mi padre gritó: “Déjenla ahí”. No dije nada cuando desperté en el hospital, pero al revisar un correo del banco descubrí algo que cambiaría para siempre el destino de toda mi familia…

—Y cuando salí del agua, dijiste que yo había armado un espectáculo.

No lo negó.

—No quería que papá se enojara conmigo.

Ahí estaba el centro de nuestra infancia: yo había aprendido a recibir la furia de nuestros padres; ella, a mantenerse a salvo ofreciéndome en su lugar. Entenderlo me dio tristeza, pero no me obligó a absolverla.

—Puedes contar tu versión ante la Fiscalía —le dije—. Yo no voy a cambiar la mía.

Regina nació sana dos semanas después. Sentí alivio, aunque nuestras hijas empezaban la vida separadas por decisiones ajenas. Iván se mudó con su hermana; siguió criando a Regina, pero dejó de vivir con Paula.

El proceso no se resolvió en una audiencia espectacular. Hubo entrevistas, peritajes médicos, dictámenes de firmas y meses de declaraciones contradictorias. A Marta se le formularon cargos por la agresión y a Rafael se le investigó por su participación en la intimidación, las falsificaciones y el uso indebido de recursos. Paula también tuvo que responder por los documentos que había firmado. Las investigaciones siguieron ritmos distintos. Nadie fue detenido solo porque yo lo señalara.

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