Andrés se llevó las manos a la cabeza.
—Mamá, dime que eso no pasó.
—No sabía que eran peligrosas. Las venden para entretener niños.
—Entonces, ¿por qué las hiciste comer? —pregunté.
No respondió. El segundo agente, Ríos, nos pidió que no borráramos ni recortáramos los archivos. Tomó los datos de la cámara y me explicó cómo entregar una copia íntegra a la Fiscalía. Yo guardé el teléfono; era la primera vez desde que llegamos al hospital que sentía tener algo más sólido que mi palabra.
—Revisen también el miércoles —dije—. Ofelia vino al mediodía.
Encontré la grabación de las doce y cuarenta y seis. Renata estaba recostada sobre el comedor, con los brazos alrededor del abdomen. Ofelia se sentó a su lado.
—Abue, me pican los peces. Ya no quiero tenerlos.
—No empieces con tus dramas. Si tu mamá se entera de nuestro juego, no va a dejarte venir conmigo.