Aquella noche lloré como no había llorado desde el funeral de Roberto.
No por el dinero.
Lloré porque había descubierto que mi generosidad se había convertido en algo que mi propio hijo consideraba suyo.
Y porque comprendí que podía seguir queriéndolo sin seguir sacrificándome.
La cena empresarial se celebró cuatro días después.
Yo no asistí.
Preparé una sopa de verduras, compré un pequeño pan dulce y cené tranquilamente frente a la ventana de mi cocina.
Durante un momento pensé en la casa de Zapopan.
Imaginé las mesas decoradas, las copas brillantes y los invitados vestidos elegantemente.
También imaginé a Fernanda explicando sus proyectos bajo aquellas lámparas que tanto le gustaba presumir.
Pero por primera vez no sentí la necesidad de estar pendiente de cómo les iba.
Unos días después, Claudia me llamó para agradecerme que hubiera aclarado oportunamente mi situación.