Me contó que la cena sí se había realizado, aunque con cambios importantes.
Algunos proveedores exigieron sus pagos pendientes antes de prestar el servicio.
Fernanda tuvo que reducir la decoración y cancelar ciertos arreglos florales.
Varios invitados hicieron preguntas sobre las cifras de inversión presentadas inicialmente.
Y una posible alianza comercial quedó suspendida hasta que el estudio pudiera demostrar sus verdaderos resultados financieros.
No pregunté quién había quedado mal ni cuánto dinero perdieron.
Tampoco sentí satisfacción.
Yo había cancelado las transferencias para proteger mi patrimonio, no para disfrutar del fracaso de nadie.
Pero comprendí algo importante: cuando un negocio depende de aparentar una prosperidad inexistente, tarde o temprano alguien termina pagando las consecuencias.
Pasaron tres semanas sin que Ricardo viniera a verme.
Me enviaba mensajes breves.
Preguntaba cómo estaba, si había comido bien y cómo seguía mi rodilla.