En la pantalla aparecieron cinco señoras reunidas alrededor de una mesa.
—¡Comadres! —saludó mi suegra—. Ahora sí van a conocer cómo se vive en casa de mi hijo.
—Ofelia, ¿de verdad Mauricio compró semejante casa? —preguntó una mujer.
—Pues claro. Mi muchacho siempre ha sido muy trabajador.
Mauricio estaba detrás del sillón, orgulloso.
Yo permanecía junto a la cocina, escuchando.
—¿Y tu nuera? —preguntó otra señora.
Mi suegra soltó una carcajada.
—Ahorita se las enseño. Esa mujer podrá ser muy licenciada, pero aquí yo le digo cómo se hacen las cosas.
Entonces me llamó.
—¡Elisa! ¡Ven para acá!
Me acerqué tranquilamente.
—¿Qué necesita, doña Ofelia?
Mi suegra levantó ambos pies.
—Tráeme una cubeta con agua. Me vas a lavar los pies y después me los secas. Quiero que mis amigas vean que aquí todavía se respeta a las personas mayores.