En la pantalla algunas mujeres rieron nerviosamente.
—Ofelia, tampoco exageres —murmuró una.
—¡Nada de exageraciones! —respondió—. A las nueras hay que enseñarles desde el principio quién manda.
Miré a Mauricio.
Esperaba que, por una sola vez, sintiera vergüenza.
Pero mi esposo cruzó los brazos.
—Ya escuchaste a mi mamá. No hagas un escándalo por algo tan sencillo.
—¿De verdad quieres que haga esto? —le pregunté.
—Quiero que dejes de llevarnos la contraria.
Aquellas palabras fueron suficientes.
Me dirigí a la cocina y llené una cubeta pequeña con agua fría. Agregué los hielos que había preparado y regresé.
Doña Ofelia extendió los pies con una sonrisa triunfal.
—¡Miren, muchachas! Les dije que sabía educarla.
Levanté la cubeta.
—Tiene razón en algo, doña Ofelia.
—¿En qué?
—En que algunas personas necesitan aprender a respetar una casa ajena.
Y le vacié el agua helada sobre la cabeza y los hombros.