Escuché cuando le dijo a Mauricio:
—Mañana tu mujer va a obedecer delante de todas. Si se niega, tú la pones en su lugar. No voy a quedar como una mentirosa.
Mi esposo contestó algo que terminó de romper nuestro matrimonio:
—No te preocupes, mamá. Elisa hará lo que le digamos. Sabe perfectamente lo que puede pasar si se pone difícil.
Esa noche saqué dos charolas de hielo del congelador y preparé algo que ninguno de los dos esperaba.
Lo que ocurrió durante aquella videollamada cambió nuestras vidas para siempre.
PARTE 3
Al día siguiente, a las ocho de la noche, doña Ofelia estaba instalada en mi sillón de masajes como si fuera la reina de una hacienda.
Se había puesto una blusa roja, aretes dorados y tanto fijador en el cabello que parecía llevar un casco.
Brenda acomodó el celular frente a ella.