Pero nos faltaba algo fundamental: la grabación completa de aquella videollamada.
Contacté a la señora Zenaida, una de las mujeres que había participado.
Me confesó que la había grabado, pero Brenda y doña Ofelia la presionaron hasta que borró el archivo.
Sentí que perdía mi última oportunidad.
Esa noche mi papá me escuchó en silencio.
Después preguntó:
—¿Y estás segura de que nadie más guardó una copia?
—Según ellas, no.
—Hija, esas señoras comparten hasta los videos de cómo se prepara una salsa. No me digas que ninguna guardó semejante escándalo.
Tenía razón.
Tomás investigó entre las amigas de su abuela.
Dos días después apareció emocionado en mi oficina.
—¡Señora Elisa! ¡La encontré!
Su tía abuela Teresa, una maestra jubilada que había recibido el video por mensaje, lo había grabado desde la pantalla de su propio celular.