Fuimos a visitarla a un pueblo cercano.
Era una mujer de setenta años, con lentes gruesos y una mirada que parecía capaz de descubrir cualquier mentira.
—Así que usted es la nuera que le echó agua a Ofelia —dijo apenas nos vio.
—Sí, señora.
—¿Y por qué no habló con ella?
—Lo hice muchas veces. Pero no me escuchó.
Teresa permaneció callada.
Le mostré las escrituras, las publicaciones de los objetos que Brenda había vendido y los mensajes relacionados con las vacaciones.
Después reprodujimos la grabación.
Allí se escuchaban claramente las órdenes de mi suegra, las amenazas de Mauricio y las promesas que les habían hecho a las mujeres.
La señora Teresa se quitó los lentes.
—¡Mira nada más! Esa Ofelia nos estaba cobrando por ir a servirle de público mientras humillaba a otra mujer.
Me entregó una copia.
—Llévesela, licenciada. Y que se sepa completa la historia.