Tres días después doña Ofelia llegó a mi oficina con un pañuelo alrededor de la cabeza y una constancia médica.
Frente a mis clientes comenzó a gritar:
—¡Esa mujer casi me mata! ¡Tengan cuidado con ella!
La invité a pasar a mi despacho.
Apenas cerramos la puerta dejó de quejarse.
Se acomodó frente a mí y habló tranquilamente.
—Mira, Elisa. Podemos terminar con todo esto.
—La escucho.
—Transfiérele a Mauricio la mitad de la casa. Yo retiro mis acusaciones y Brenda borra el video.
La observé durante varios segundos.
—¿Me está pidiendo que entregue una propiedad para que ustedes dejen de difamarme?
—Lo llamaría un arreglo familiar.
—Yo lo llamaría una amenaza.
Mi suegra golpeó el escritorio.
—¡Entonces vas a perder tu trabajo!
Salió convencida de que había ganado.
Lo que no sabía era que yo ya había consultado a un abogado independiente y estaba reuniendo pruebas.