Cuando finalmente llamé a mis padres, mi madre lloró por la boda cancelada. Mi padre permaneció callado hasta que terminé.
—Hija, perder a un hombre que no te respeta no es una desgracia. Lo peligroso sería perderte a ti misma intentando conservarlo.
Tres semanas después, tras reunir los documentos y cumplir los trámites correspondientes, Daniel y yo nos presentamos ante el Registro Civil de Guadalajara.
Fue una ceremonia sencilla, con dos testigos de confianza. No hubo flores costosas ni música. Cuando el juez nos preguntó si aceptábamos casarnos voluntariamente, Daniel me miró antes de responder.
—Sí, acepto.
Yo también dije que sí.
Al salir, compró dos tortas ahogadas y agua fresca.
—Perdona que nuestra comida de bodas sea tan sencilla —comentó.
Sonreí.
—Es la primera vez en semanas que alguien se preocupa por si he comido.
Esa noche dormimos en habitaciones separadas de su departamento. No quería apresurar una intimidad que todavía debíamos construir.