—Les presento al nuevo director general, Daniel Aguilar —declaró Arturo—, mi hijo y antiguo director de operaciones.
Sentí el peso de las miradas. Beatriz quedó inmóvil con la copa a medio levantar. Rodrigo buscó la mano de Renata, pero ella se apartó. Al terminar su discurso, Daniel caminó entre los ejecutivos hasta mi mesa y me ofreció la mano.
—Quisiera presentarles a Mariana Ortega, mi esposa —dijo con absoluta naturalidad.
Rodrigo se acercó, pálido.
—Señor Aguilar, no sabía quién era usted. Si alguna vez le falté al respeto…
—Cuando manejaba un vehículo también merecía respeto —lo interrumpió Daniel—. No necesitas disculparte por mi cargo; necesitas revisar cómo tratas a las personas.
Beatriz quiso fingir que todas sus burlas habían sido bromas. Nadie se rio. Daniel aclaró que nuestro matrimonio estaba declarado ante el área correspondiente y que cualquier expediente relacionado conmigo sería evaluado por personal independiente. No iba a utilizar su puesto para concederme ventajas ni para castigar a Rodrigo. Esa noche entendí que el verdadero giro de nuestra historia no era haberme casado con un hombre rico, sino encontrar a uno que no necesitaba humillar a nadie para demostrar su poder.