Mi mejor amiga lloró conmigo cuando perdí a mi bebé y hasta me ayudó a guardar su primera ecografía. “Somos como hermanas”, me repetía. Cinco semanas después descubrí que llevaba meses acostándose con mi esposo, incluso cuando yo estaba hospitalizada. No los enfrenté; los invité a cenar con mis suegros. Al mostrar tres contratos por 620 mil pesos, mi marido comprendió que yo sabía mucho más que su infidelidad.

Lorena palideció.

—Rodrigo, tú me dijiste que eras el dueño.

Él no respondió.

—Me aseguraste que cuando te separaras de Mariana podríamos dirigir el negocio juntos —insistió ella.

Un silencio vergonzoso se extendió por el comedor. Comprendí que mi amiga había traicionado nuestra amistad por amor, por ambición o por ambas cosas; y que también había construido sus planes sobre una mentira.

—No pienso discutir lo que se prometieron —dije—. Mañana habrá una reunión formal de socios para revisar tu continuidad como director. Los contratos quedarán sujetos a una auditoría y las firmas serán examinadas por especialistas. Después cada quien responderá por lo que realmente haya hecho.

—¿Quieres dejarme en la calle? —escupió Rodrigo.

—Quiero divorciarme. Y quiero proteger una empresa donde trabajan treinta y dos personas que no tienen ninguna culpa de esto.

Beatriz me pidió que reconsiderara. Habló de ocho años de matrimonio, de las familias y de lo que dirían los vecinos.

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