Mi mejor amiga lloró conmigo cuando perdí a mi bebé y hasta me ayudó a guardar su primera ecografía. “Somos como hermanas”, me repetía. Cinco semanas después descubrí que llevaba meses acostándose con mi esposo, incluso cuando yo estaba hospitalizada. No los enfrenté; los invité a cenar con mis suegros. Al mostrar tres contratos por 620 mil pesos, mi marido comprendió que yo sabía mucho más que su infidelidad.

—Aquel día usted me culpó por no haber descansado. Yo también me culpé durante semanas. El médico explicó que no había motivos para atribuirme aquella pérdida. Y mientras yo buscaba una explicación, su hijo estaba ocultando otra historia.

Beatriz bajó la cabeza.

Rodrigo se levantó de golpe.

—¡Ya basta! ¡No voy a dejar que conviertas un error personal en un juicio contra mi trabajo! ¡He levantado esa empresa durante años!

—Trabajaste mucho, Rodrigo. Eso nunca lo he negado. Pero trabajar no te autoriza a usar firmas ajenas ni fondos empresariales para asuntos privados.

—¡Esa empresa también es mía!

Lorena alzó la cabeza. Mi suegra asintió como si hubiera encontrado una defensa.

Entonces puse sobre la mesa la escritura constitutiva y las constancias de aportación.

—Encino Casa se fundó antes de que nos casáramos. Yo aporté el setenta por ciento del capital y mi padre el treinta restante. Rodrigo fue contratado después. Tiene salario, prestaciones y las facultades de dirección que le otorgamos. No tiene participaciones en la sociedad.

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