—¿Estabas con ella mientras tu esposa perdía a tu hijo? —preguntó don Ernesto.
—Papá, las cosas no son tan sencillas…
—¡Te hice una pregunta!
La voz de mi suegro hizo que Lorena dejara caer la servilleta. Rodrigo murmuró que sí. Apenas fue un sonido, pero bastó para cambiarlo todo.
Me volví hacia mi amiga.
—Tú llegaste al hospital antes que él. Me abrazaste. Me dijiste que no tuviera miedo. ¿Cómo pudiste mirarme a los ojos después de salir de sus brazos?
—Mariana, yo quería terminar con esto. Te juro que muchas veces…
—¿Muchas veces qué? ¿Pensaste decírmelo mientras aceptabas los clientes que yo te enviaba? ¿O cuando venías a mi casa a llevarme sopa para fingir que me cuidabas?
Lorena ocultó el rostro. Mi suegra lloraba en silencio. Recordé entonces sus reproches en el hospital y sentí otra punzada, aunque esta vez conseguí hablar.