Mi mejor amiga lloró conmigo cuando perdí a mi bebé y hasta me ayudó a guardar su primera ecografía. “Somos como hermanas”, me repetía. Cinco semanas después descubrí que llevaba meses acostándose con mi esposo, incluso cuando yo estaba hospitalizada. No los enfrenté; los invité a cenar con mis suegros. Al mostrar tres contratos por 620 mil pesos, mi marido comprendió que yo sabía mucho más que su infidelidad.

—Seguramente firmaste antes y olvidaste la fecha. Has pasado meses muy alterada.

Mi suegro, don Ernesto, golpeó la mesa con la palma abierta.

—No vuelvas a utilizar la pérdida del bebé para hacerla dudar de sí misma. Responde lo que te está preguntando.

Rodrigo se quedó inmóvil. Era la primera vez que su padre le hablaba así delante de todos. Mi suegra Beatriz, todavía confundida, se inclinó sobre los papeles.

—Pero son cosas de la empresa. Ustedes dos pueden arreglarlas mañana, sin involucrarnos.

—Mamá, todavía no has visto por qué estamos reunidos —contesté.

Tomé el control y proyecté los mensajes que había encontrado en la tableta. No todos, solamente los que dejaban claro cuándo había comenzado la relación y dónde se encontraban aquella tarde.

«Mariana está en urgencias».

«Ve tú primero».

«No dejes que sepa que estabas conmigo».

Beatriz se llevó ambas manos a la boca. Lorena comenzó a llorar y Rodrigo apartó la mirada.

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