Don Ernesto la interrumpió.
—Esta noche no vamos a exigirle perdón a la persona que acaba de enterarse de cuánto la engañaron.
Subí por una maleta que había preparado. Rodrigo me siguió hasta la habitación.
—Mariana, podemos arreglarlo. Te prometo que jamás volveré a verla.
—El problema no es solamente a quién besaste. Es todo lo que decidiste mientras yo confiaba en ti.
—¿Y nuestra casa?
—Fue comprada durante el matrimonio. Lo que legalmente corresponda a cada uno se resolverá con documentos. No voy a quitarte lo que sea tuyo, pero tampoco voy a regalarte lo que nunca te perteneció.
Salí aquella noche hacia la casa de mis padres. Mi papá abrió la puerta, me vio con la maleta y no pidió explicaciones. Solamente me abrazó. Por primera vez desde el hospital, pude llorar sin sentir que debía justificar mis lágrimas.