Mi mejor amiga lloró conmigo cuando perdí a mi bebé y hasta me ayudó a guardar su primera ecografía. “Somos como hermanas”, me repetía. Cinco semanas después descubrí que llevaba meses acostándose con mi esposo, incluso cuando yo estaba hospitalizada. No los enfrenté; los invité a cenar con mis suegros. Al mostrar tres contratos por 620 mil pesos, mi marido comprendió que yo sabía mucho más que su infidelidad.

Don Ernesto la interrumpió.

—Esta noche no vamos a exigirle perdón a la persona que acaba de enterarse de cuánto la engañaron.

Subí por una maleta que había preparado. Rodrigo me siguió hasta la habitación.

—Mariana, podemos arreglarlo. Te prometo que jamás volveré a verla.

—El problema no es solamente a quién besaste. Es todo lo que decidiste mientras yo confiaba en ti.

—¿Y nuestra casa?

—Fue comprada durante el matrimonio. Lo que legalmente corresponda a cada uno se resolverá con documentos. No voy a quitarte lo que sea tuyo, pero tampoco voy a regalarte lo que nunca te perteneció.

Salí aquella noche hacia la casa de mis padres. Mi papá abrió la puerta, me vio con la maleta y no pidió explicaciones. Solamente me abrazó. Por primera vez desde el hospital, pude llorar sin sentir que debía justificar mis lágrimas.

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