Mi mejor amiga lloró conmigo cuando perdí a mi bebé y hasta me ayudó a guardar su primera ecografía. “Somos como hermanas”, me repetía. Cinco semanas después descubrí que llevaba meses acostándose con mi esposo, incluso cuando yo estaba hospitalizada. No los enfrenté; los invité a cenar con mis suegros. Al mostrar tres contratos por 620 mil pesos, mi marido comprendió que yo sabía mucho más que su infidelidad.

A la mañana siguiente llegamos temprano a Encino Casa. Estaban mi padre, la abogada, la contadora, un asesor jurídico de la empresa y la persona encargada de levantar el acta. Rodrigo entró con su traje habitual, pero su seguridad desapareció al ver la documentación.

—No pueden quitarme el puesto por una discusión matrimonial —protestó.

—No estamos resolviendo el matrimonio —aclaró la abogada—. Estamos revisando autorizaciones, pagos y posibles conflictos de interés. Tendrá oportunidad de explicar cada operación.

La decisión de los socios fue retirarle las facultades de dirección y nombrar a un administrador provisional mientras se investigaban los hechos, siguiendo los procedimientos correspondientes.

Patricia puso frente a él el acta de entrega de los equipos, los accesos y los bienes propiedad de la compañía.

—¿También quieren el automóvil? —preguntó, sorprendido.

—Está registrado a nombre de Encino Casa —respondió mi padre.

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