Mi mejor amiga lloró conmigo cuando perdí a mi bebé y hasta me ayudó a guardar su primera ecografía. “Somos como hermanas”, me repetía. Cinco semanas después descubrí que llevaba meses acostándose con mi esposo, incluso cuando yo estaba hospitalizada. No los enfrenté; los invité a cenar con mis suegros. Al mostrar tres contratos por 620 mil pesos, mi marido comprendió que yo sabía mucho más que su infidelidad.

No sentí alegría al escuchar la sentencia. Sentí cansancio y una tristeza antigua. Que enfrentaran las consecuencias era necesario, pero ninguna resolución podía devolverme el embarazo, la amistad ni la confianza que había perdido.

Meses después, Beatriz apareció en mi oficina con una bolsa de mandarinas. Tenía el cabello más blanco y parecía mucho mayor.

—No vengo a pedirte nada para Rodrigo —dijo—. Vengo a pedirte perdón por lo que te dije en el hospital. Pensé solamente en el nieto que había perdido y olvidé que tú estabas sufriendo algo que yo no podía comprender.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Y cuando descubrimos lo que hizo mi hijo, te pedí que guardaras silencio para salvar a la familia. Te fallé dos veces.

Le acerqué un pañuelo.

—Acepto sus disculpas, Beatriz. Pero eso no significa que quiera regresar.

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