—Lo sé, hija. Ahora lo sé.
Don Ernesto siguió llamándome de vez en cuando. Nunca me pidió que justificara las decisiones de su hijo. Una Navidad solamente llamó para recordarme que me abrigara porque estaba haciendo frío. Nos reímos, y entendí que no todos los afectos tienen que desaparecer cuando termina un matrimonio.
Con el tiempo volví a dirigir personalmente Encino Casa. Mi padre continuó acompañándome y Patricia asumió mayores responsabilidades. Reorganizamos los controles de pagos para que ninguna autorización importante dependiera de la confianza ciega en una sola persona.
Una mañana, mientras presentaba un proyecto frente a nuestros clientes, recordé cuántas veces había cedido aquel lugar a Rodrigo. No me arrepentía de haberlo apoyado. Me arrepentía de haber confundido amor con desaparecer detrás de alguien.
En el cajón de mi escritorio conservo todavía la primera ecografía de mi bebé. Hay noches en que la miro y siento el mismo vacío. Aprendí que sanar no significa olvidar a quienes perdimos, ni fingir que nada sucedió. Significa poder recordar sin entregarles también el resto de nuestra vida.