Durante una reunión, Rodrigo me preguntó:
—¿De verdad ocho años no merecen otra oportunidad?
—Los ocho años merecían respeto mientras estábamos juntos. No sirven para obligarme a soportar lo que hiciste.
Él lloró. Yo recordé al muchacho que una noche me había llevado un chocolate caliente cuando trabajaba hasta tarde en el taller. Aquel hombre había existido. También existía el hombre que dejó sonar mi teléfono mientras nuestro hijo moría. No podía borrar al primero, pero tampoco podía seguir viviendo con el segundo.
El proceso por las irregularidades empresariales avanzó mucho más despacio que nuestro divorcio. Hubo nuevas revisiones, declaraciones y oportunidades de defensa. Finalmente, después de un juicio, Rodrigo recibió una condena de prisión y la obligación de reparar los daños acreditados. Lorena también enfrentó consecuencias legales; su colaboración y la devolución de parte del dinero fueron consideradas al resolver su responsabilidad.