Lorena buscó a mi abogada cuando comprendió la gravedad de lo ocurrido. Entregó facturas y conversaciones, reconoció las cantidades que había recibido por trabajos no realizados y comenzó a devolver el dinero que todavía conservaba.
Quiso hablar conmigo.
Acepté verla una sola vez, acompañada por Adriana, en un lugar neutral.
Llegó sin maquillaje, visiblemente agotada.
—Yo no sabía que la empresa era tuya —dijo.
La miré con tristeza.
—Sí sabías que Rodrigo era mi esposo. Sabías que perdí a nuestro bebé. Y sabías que fuiste al hospital después de estar con él.
Se quedó callada. Finalmente bajó la cabeza.
—Tienes razón. No hay nada que pueda decir para justificarlo.
—Entonces no lo intentes. Di toda la verdad donde corresponda. Yo necesito seguir viviendo.
Nunca volvimos a ser amigas.
El divorcio siguió su propio camino. Se revisó nuestro régimen matrimonial, el origen de mis participaciones anteriores a la boda y los bienes adquiridos durante los años juntos. No pretendí apropiarme de la casa ni de los ahorros que debían repartirse. Quería que cada cosa ocupara el lugar que le correspondía.