Mi madrastra subió al autobús que manejo a las seis de la mañana y se quedó helada al reconocerme. “No sabes en lo que te estás metiendo”, susurró mientras escondía su tarjeta. No le respondí; seguí el procedimiento. Jamás imaginé que aquella pequeña credencial, con la fotografía de mi padre, terminaría llevándome hasta 41 expedientes judiciales relacionados con el mismo abogado.

No sé cuánto tiempo permanecimos así.

Solamente recuerdo que él no soltó mi mano.

Las semanas siguientes fueron difíciles.

La Fiscalía amplió la investigación hacia otros expedientes administrados por Mauricio Valdés.

Varias familias descubrieron que sus padres o abuelos habían sido trasladados a residencias sin recibir la información completa sobre su situación.

Algunos habían perdido propiedades.

Otros encontraron retiros bancarios inexplicables.

Una mujer llamada Patricia llegó al despacho de Daniela con una fotografía de su madre.

Llevaba casi dos años intentando visitarla.

Siempre le decían que las visitas podían alterarla.

Cuando finalmente lograron localizarla en otra residencia, la anciana estaba viva, pero nadie había informado a Patricia de su traslado.

No éramos una familia aislada.

Había otras personas que, como yo, habían confiado en documentos oficiales y respuestas tranquilizadoras mientras sus seres queridos permanecían lejos de ellos.

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