Mi padre levantó lentamente su mano derecha.
La colocó sobre mi pecho.
Justo donde llevaba guardada una fotografía suya.
Sus labios comenzaron a temblar.
—Ra… fa…
No pude contenerme.
Tomé su mano entre las mías y apoyé mi frente sobre ella.
—Aquí estoy, papá. Aquí estoy.
Una lágrima descendió por su mejilla.
Entonces hizo un esfuerzo enorme y pronunció dos palabras:
—Mi… hijo.
Me derrumbé.
Durante años había imaginado que, si alguna vez volvía a encontrarlo, le exigiría explicaciones.
Quería preguntarle por qué me había abandonado.
Por qué nunca respondió mis llamadas.
Por qué permitió que Teresa me expulsara de nuestra vida.
Pero al verlo frente a mí, comprendí que también había sido una víctima.
Mi padre no me había rechazado.
Nos habían robado catorce años a los dos.
La enfermera cerró discretamente la puerta y nos dejó solos.