Mi madrastra subió al autobús que manejo a las seis de la mañana y se quedó helada al reconocerme. “No sabes en lo que te estás metiendo”, susurró mientras escondía su tarjeta. No le respondí; seguí el procedimiento. Jamás imaginé que aquella pequeña credencial, con la fotografía de mi padre, terminaría llevándome hasta 41 expedientes judiciales relacionados con el mismo abogado.

Mi padre levantó lentamente su mano derecha.

La colocó sobre mi pecho.

Justo donde llevaba guardada una fotografía suya.

Sus labios comenzaron a temblar.

—Ra… fa…

No pude contenerme.

Tomé su mano entre las mías y apoyé mi frente sobre ella.

—Aquí estoy, papá. Aquí estoy.

Una lágrima descendió por su mejilla.

Entonces hizo un esfuerzo enorme y pronunció dos palabras:

—Mi… hijo.

Me derrumbé.

Durante años había imaginado que, si alguna vez volvía a encontrarlo, le exigiría explicaciones.

Quería preguntarle por qué me había abandonado.

Por qué nunca respondió mis llamadas.

Por qué permitió que Teresa me expulsara de nuestra vida.

Pero al verlo frente a mí, comprendí que también había sido una víctima.

Mi padre no me había rechazado.

Nos habían robado catorce años a los dos.

La enfermera cerró discretamente la puerta y nos dejó solos.

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