Pude visitarlo por primera vez.
Lo habían trasladado a una clínica donde recibía atención adecuada.
Estaba sentado junto a una ventana, en una silla de ruedas.
Su cabello se había vuelto completamente blanco.
Tenía los brazos delgados y la mirada perdida en los árboles del patio.
Me acerqué despacio.
—Papá.
No respondió.
Me senté frente a él.
—Soy Rafael.
Sus ojos se movieron hacia mí.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Sentí miedo de que no me reconociera.
La enfermera me había explicado que el derrame cerebral afectó seriamente su capacidad para hablar. Podía comprender algunas frases, aunque expresar palabras le resultaba extraordinariamente difícil.
Le conté que conducía un autobús.
Que me había casado con una mujer maravillosa llamada Lucía.
Que todavía recordaba cómo me enseñó a cambiar una llanta cuando tenía doce años.