Mi madrastra subió al autobús que manejo a las seis de la mañana y se quedó helada al reconocerme. “No sabes en lo que te estás metiendo”, susurró mientras escondía su tarjeta. No le respondí; seguí el procedimiento. Jamás imaginé que aquella pequeña credencial, con la fotografía de mi padre, terminaría llevándome hasta 41 expedientes judiciales relacionados con el mismo abogado.

Cuatro años mientras yo conducía mi autobús, pagaba mis cuentas, celebraba cumpleaños y trataba de convencerme de que ya no necesitaba tenerlo cerca.

Esa misma semana, los investigadores encontraron registros de medicamentos que no coincidían con las existencias de la residencia, facturas duplicadas y cobros por terapias que nunca habían sido proporcionadas.

También encontraron documentos firmados en nombre de pacientes que, según sus expedientes clínicos, no tenían capacidad física para escribir en aquellas fechas.

Uno de esos documentos llevaba la supuesta firma de mi padre.

Era una autorización para disponer de una cuenta de ahorro.

Daniela me mostró una copia.

—Mira la fecha, Rafael.

Era tres semanas después del derrame cerebral.

Según el expediente hospitalario, mi padre todavía tenía dificultades graves para mover su mano derecha.

La firma, sin embargo, era perfecta.

Demasiado perfecta.

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