Conté ocho personas.
Mi padre no aparecía.
Pasaron veinte minutos que me parecieron una eternidad.
Entonces salió un paramédico empujando una camilla.
Vi unos pies delgados debajo de una cobija azul.
Reconocí los zapatos.
Eran los mismos zapatos negros que mi padre utilizaba los domingos cuando íbamos juntos al mercado.
Abrí la puerta del coche, dispuesto a correr hacia él.
Un agente me hizo una señal para que permaneciera donde estaba.
Me quedé inmóvil, llorando como no había llorado desde el entierro de mi madre.
Más tarde, el oficial encargado de mi denuncia se acercó.
—Señor Méndez, su padre está vivo. Lo están trasladando al hospital.
—¿Está bien?
El hombre guardó silencio antes de responder.
—Está muy débil. Presenta deshidratación y signos de desnutrición. Pero está consciente.
Me llevé ambas manos a la cara.
No podía creer que mi padre hubiera estado a unos cuantos kilómetros de mí durante cuatro años.