Mi hijo prometió llevarme a fisioterapia mientras yo estaba postrada en cama, pero prefirió pasear con su suegra, que presumía en Facebook: “Mi yerno, mi chofer particular”. Después de 13 citas perdidas, recuperé discretamente las tardes de mi taxi. Mi nuera llegó a exigirme que cambiara de opinión, pero entonces su madre vio una vieja radio en mi habitación y palideció.

Desde aquella experiencia, ver sufrir físicamente a alguien que amaba le provocaba ataques de pánico.

El primer día que me escuchó gritar de dolor durante la rehabilitación, huyó aterrorizado.

Aquello explicaba parte de su comportamiento, pero no justificaba trece abandonos.

—Puedes acompañarme y aprender a enfrentar ese miedo —le dije—. Pero don Joaquín seguirá llevándome hasta que recuperes mi confianza.

Mauricio aceptó.

Poco a poco comenzó a quedarse durante las terapias.

Sin embargo, Teresa continuaba evitando escuchar mi voz.

Una mañana Patricia me contó un sueño que tenía desde niña.

Recordaba estar dentro de un taxi oscuro, escuchar a una mujer contar lentamente hasta diez y sentir que un hombre la cubría con una chamarra que olía a café.

Su madre aseguraba que nunca había sucedido.

Pero aquel recuerdo despertó algo dentro de mí.

El 10 de octubre, durante la cena, Sofía mencionó alegremente que pronto volvería a caminar sin ayuda.

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