—¡Abuelita, ahora podremos estar juntas todos los días!
Fue la primera alegría que sentí en semanas.
Teresa tuvo que instalarse en la habitación del fondo. No protestó, pero observaba cada uno de mis movimientos con una expresión inquietante.
Especialmente cuando descubrí, dentro del viejo armario de mi habitación, una estación de radio de emergencia que Ricardo había instalado décadas atrás.
Era el equipo que utilizábamos para comunicarnos con los taxis cuando la central sufría apagones.
Teresa palideció al escuchar el primer sonido de interferencia.
Durante los días siguientes noté algo extraño.
Mauricio estacionaba su taxi frente a la clínica, pero no entraba.
Daniel, mi fisioterapeuta, terminó hablando con él.
Entonces descubrí que mi hijo llevaba años cargando un trauma: había encontrado a su padre sin vida dentro del taxi y había intentado reanimarlo desesperadamente.